La maleta encantada
Parado frente a una endeble mesa de largas patas metálicas, cuya cubierta era una maleta de viajero, de aquellas forradas en papel de color té con leche, con rallas blancas y rojas en sus extremos y dos correas de cuero que servían de amarras, el hombre vomitaba borbotones de palabras con una pulcritud y un extraño encanto en su pronunciación, que los embobados transeúntes nos quedamos extasiados mirándolo, como al director de una orquesta, que con maestría dirige un concierto en una función de gala del Municipal. A la par que con sus ágiles manos sacaba desde el interior de tan singular mostrador, toda clase de artículos, que ofrecía a precios muy bajos, iba recalcando con marcada vehemencia que su trabajo lo hacía por especial encargo del fabricante, insistiéndole a la concurrencia, con su empalagoso discurso, que no solo llevara uno, sino dos y tres pares de calcetines del mejor hilo mercerizado, reforzados en punta y talón; igual cantidad de finos pañuelos para hombres; brill...