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Mostrando las entradas etiquetadas como Panamá

Todo vale

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  En el amor todo vale y nada cuenta cuando es del bueno. Él le regaló un pañuelo y con él, su corazón. Se acercaron al altar con mil promesas que se dan, con sueños no contados e intenciones esbozadas, dos vertientes se confunden en la flor. Mas el destino empecinado va surcando el tiempo rebanando, separando y cambiando el trato. Él alzando su voz, descarga toda frustración, sobre la blanda piel morena, con la fuerza de su puño lacerante.      Un... -¡Hoy no!      Un... -¡A ver si vengo!     -¡Ay! A ver cómo le hacen, ya no doy para más.   Un grito agudo de tristeza exclama  - !!Este hombre hiere como púas de un nopal!    Ella, queda sollozando en la sierra de San Juan y la estremece el llanto de su vástago inocente.   Él, en la cantina que embrutece y para ellos, ya no hay lugar.  Más parece un rosario de ortigas que acabará muy pronto, con el mismo olvido del pañuelo en el desván. Yolanda Ríos ...

Los excursionistas

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  Esa fue la tarde más lluviosa de agosto. La carretera de Volcán estaba cubierta de la densa niebla. Había poco tránsito. A las seis de la tarde,   el grupo completo debería estar en la Cascada perdida,   punto de encuentro para regresar. La noche anterior, todos, cercanos al cráter, acamparon mojados pero felices, reconstruyendo las vivencias desde el caballete de la región centroamericana, donde se divisan los colosos del ponto, el Atlántico y Pacífico; y los recuerdos de la memoria colectiva   reviven los desaparecidos en el pico del león que ronca; no obstante, al día siguiente, al retornar a la piquera, eran solamente doce.   Los excursionistas lo esperaron casi dos horas, hasta que decidieron tomar el último autobús. Sus semblantes reflejaban preocupación. Sentados en los puestos finales, comentaban mirando por las ventanas, cada paraje de misterio y fragancia que iban dejando atrás. Siete horas demoraba   caminar por la inhóspita cordillera de T...

El sacapuntas

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Me encontraba rebuscando unos documentos en una gaveta de mi cómoda, cuando de un bolso de tela se deslizaron chécheres y cosméticos. Hubo uno de ellos que llamó poderosamente mi atención: era el sacapuntas rojo, con la navajilla oxidada de apenas una pulgada, que usaba mi madre para afilar su lápiz de cejas, y el cual cuidaba con esmero.  Mi madre, conservadora en el gasto, nunca lo cambió. Yo pensé, al contemplarlo, que era el momento adecuado para afilar un par de lápices que hacía mucho tiempo no tenían el grafito.  Al tomar el sacapuntas, que apenas funcionaba, sentí un escalofrío entre mis dedos que me trasladó a mi infancia.  Veo las manos de mi madre tratando de sacar filo al lápiz dark Brown, que al rato usa frente al espejo para acentuar el tono de sus cejas y aquel lunar sobre el labio superior, tan piropeado y cantado.  Se viste y sale a hacer sus mandados esparciendo un aroma fresco a lavanda mientras se aleja. Al salir, cierra la puerta y yo vuelvo...

EL ESPEJO DE NATALIA

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  Iba de salida cuando sentí una presencia extraña en la habitación. Miré alrededor. No noté nada fuera de lugar. Me acerqué al ropero y lo abrí para revisar, sólo como medida de precaución. Ahí estaba mi perfume de gardenias en el lugar de siempre. Me puse unas gotas en las sienes. En ese instante, la veo. Se refleja con claridad una niña en el espejo. Lo curioso es que la niña tiene unos aretes parecidos a los míos. Cierro bruscamente el ropero asustada. Salgo corriendo de la habitación sin tener a quien acudir para contarle lo que sucede. La casa está vacía, todos han salido y otros han muerto. Reacciono. Seguramente estoy soñando me digo. Me pellizco para despertar. Estoy despierta. Regreso a la habitación, abro el ropero nuevamente y ahí está ella mirándome. Cuando le doy la espalda me jala hacia el espejo y ahora es ella quien corre a buscar ayuda.   Los padres suben a revisar la habitación, sienten un olor a perfume muy fuerte que no reconocen pero no ven a nadie; l...

Dos relatos breves de Sonia Ehlers

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                                          Tere Conversábamos al pie del observatorio en el desierto de Atacama y Jacinto preguntó: —¿Extrañas a Tere? —No, le dije. Después de meditarlo, he llegado a la conclusión que solo existimos en la memoria colectiva. Somos como las estrellas que se apagaron hace mucho tiempo y de ellas, solo queda la luz. Lo que llamamos vida está en la mente. ¿Recuerdas el siglo 21? ¿La sequía, la hambruna, la contaminación que nos exterminó? Cuando toquemos el punto clave de otro planeta, la memoria de ellos se activará extinguiendo totalmente la nuestra: entonces extrañaré a Tere. La paloma Moribundo voló por los aires. Era lunes. Aquella mañana subió al auto rumbo al trabajo; en el camino lo embistió el camión que se veía en el fondo de la zanja. De su auto no quedó ni rastro. Sólo lo vieron salir disparado a través del parabrisas;  durante el vuelo go...

Más allá de la montaña

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  El jorongo de Tequila  Donají sonrió al escuchar a sus hermanos jugar en el patio con pelotas de barro que contienen piedritas. “Algún día escucharé a mis escuincles correr tras ellas igual que jugué yo”, murmuró. Era una tradición en el pueblo. Ahora ella tenía obligaciones de gente grande. Venía el invierno y quería coser un jorongo para el más pequeño de sus hermanos. Se sentó frente al marco/telar y se concentró en su labor. “Aplicaré la misma técnica que me enseño la abuela”. Sintió que continuar con la costumbre prehispánica de fabricar sus propios tejidos era su obligación. Su abuelo nostálgico se sentó en su mecedora de madera en la esquina cerca de la ventana. Todas las leyendas que conocía Donají sobre Tequila y sus alrededores, era gracias al abuelo. Ella no conocía otro pueblo. Nunca había salido de Tequila. Esa tarde el abuelo le dijo: -Tu abuela tenía la tez oscura y curtida por trabajar en el campo. -Embebida lo escuchó e imaginó a su abuela recorrer las plant...

Comiéndose un cable

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  Amaneció un día más de 2021. El cielo despejado se viste de celeste marino y la tierna brisa acaricia la ciudad. Las principales calles y la vía Interamericana se van saturando con vehículos, cuyos ensimismados conductores se dirigen contentos a su trabajo donde les pagan el salario quincenal. La gente, con el celular en la mano, vive su propio mundo; se mueve tarareando una melodía o echa un vistazo a Instagram para enterarse del tiroteo por el tumbe de drogas, del diálogo de la comedia bufa en la “Honorable” Asamblea Legislativa, de los avatares en Gringolandia o se lamenta por los muertos de Covid. Vicente dejó la comarca por la ciudad, en busca de un trabajo y mejores condiciones de vida. Han transcurrido siete años difíciles. En este inicio de año, no se siente bien, además le preocupa la crisis económica que vive su numerosa familia y el azote de la pandemia. Jacinta, joven atractiva, de mediana estatura, madre soltera, la chica con cuerpo de sirena, cinturita de Barbie y...

La aparente paz

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       Escucho una vez más, a mis espaldas, mientras escribo en la computadora, sus pasos lentos, su respirar profundo y arrítmico, el toque del bastón sobre las baldosas. El roce del material de sus pantalones me avisa de que se acerca cauteloso. Yo sé que en ese instante hablará muy bajo y, con el rostro asustado, me transmitirá como de costumbre la peor noticia del día.       Son las únicas noticias que lo estimulan para caminar desde su habitación, ubicada en el ala norte de la casa, hasta el área sur, donde está mi aposento. Se para tembloroso en el umbral de la puerta y espera unos minutos a que yo pregunte:       —¿Dime, papá, se te ofrece algo?       Él, con una voz apenas oíble, dice:       —¿Viste la noticia de Chile?       —No todavía —le respondo.       Él dispara:     ...

Los Rieles

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            El perro sigue obedientemente a su amo por entre los pinos hasta llegar a las vías del tren. El amo le mete una carta en el hocico y le ordena regresar a la casa, mientras se acuesta sobre los rieles.        El doberman deja caer la carta y muestra los filosos dientes; parece sonreír. Sonia Ehlers

¿Dónde están nuestros súper poderosos?

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        Mi cabeza está patas para arriba. He dado vueltas y vueltas buscando los superpoderosos latinos. Los Supermán, Batman, Robin Hood, Hombre Araña, El Fantasma, Hulk, Flash y Mujer Maravilla de nuestra parte del mundo.        Nos salvó la campana: está El Chapulín Colorado, aunque solo él y, para mi gusto, lo golpean mucho. No vuela bien, no aterriza bien, no resuelve nada rápido, hasta se toma sus siestas, pero dicen que tiene mucho corazón.        Entonces, bien, otro análisis:       —¿Podrá salvar nuestro mundo solo con el corazón? ¿Podrá llegar a tiempo ante una emergencia de vida o muerte como lo hace Supermán? ¿Podrá vestirse tan rápido ante los apuros como Batman, aunque no tenga un batimóvil del año en la puerta? ¿Podrá repartir las riquezas entre nuestros pobres como hacía Robin Hood para que todos tengan un poquito sin perjudicar a los que tienen más? ¿Escalar nues...

Desde otro ángulo

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  El letrero de la entrada anunciaba el espectáculo del año. Miles de focos encendidos de varios colores se prendían y apagaban, las luces brillaban en todo su esplendor.   Era la comidilla de la ciudad. Inauguraban un centro nocturno que presumía no tener nada que envidiarle a los de fama internacional. Ella nunca había presenciado un show similar desde ese ángulo. Sería la primera vez. Fue con un grupo que quería conocerlo. Estaba lleno a rabiar. Se vistió elegantemente para la ocasión. No quería que la gente notara su inexperiencia. En cuanto entraron al cabaret, todo se tornó oscuro, una que otra luz tenue alumbraba el camino. Ver el salón de día era una cosa, y verlo de noche era otra. A tientas, siguiendo al camarero, llegaron hasta la mesa que tenían reservada. Poco a poco, se fue acostumbrando a ver en la penumbra. Les sirvieron unos tragos haciendo tiempo para que comenzara la presentación. Las paredes del salón estaban tapizadas con un verde oscuro, el techo imitab...

Carne de gato

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  Al salir de la cárcel, respira profundo. El olor a maíz nuevo lo hace sonreír. Ernesto disfruta cada detalle mientras camina; a lo lejos, escucha unos cantos gregorianos. Mira a su alrededor, la calle está desierta. Si su vecino no hubiese confesado el horrendo crimen, otro sería el cuento. Él estaría cumpliendo una condena injusta y comiendo carne de gato. Sonia    Ehlers

BAILE A RITMO DE SALSA

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  La noche lo acompañó hasta la casa y el sabor dulzón de la bebida demudó sus sentidos. En su cabeza, un barullo de imágenes mezcladas daba vueltas en círculos. Buscó la llave entre los bolsillos del pantalón. Los perros del vecino de enfrente ladraron agitados. Él les hizo una mueca de silencio con el dedo índice y metió́ la llave en la cerradura un par de veces. La puerta no cedió́. Empujó con fuerza. Oscuro, todo estaba oscuro y tropezó́ con la mesa de la sala. La caída fue amortiguada por un sillón y logró asirse a uno de los brazos de cuero negro. Caminó tambaleándose buscando el baño y vomitó en el piso. Qué mujer, pensó́ entre arcadas, y cerró los ojos. Tres días seguidos: bares, discotecas y un poco de hierba no hacen mal a nadie. Ahora que Vanesa se ha mudado necesito salir de mi casa solitaria, del espacio insoportable, ver la calle, sentir la Luna a mis espaldas y arrancar en el BMW. Estoy vivo. La llamo, no la llamo. Si no contesta al primer timbrazo cuelgo....

Arrebato

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https://www.laestrella.com.pa/cafe-estrella/cuentosypoesia/200523/arrebato   ARREBATO La calle estaba desierta. Eran las tres de la tarde y el calor brotaba del asfalto. Escuché un grito, miré a la izquierda y vi correr a la mujer empapada de miedo. Me persigue y sé que está cerca, todo mi cuerpo lo siente y me estremezco. Corro desbocada y no quiero mirar atrás. No aguanto mis ojos cegados por esa visión perversa y por eso grito ahora más fuerte, para alejarme del silencio. La seguí con la mirada hasta que dobló la esquina. Parece que huye, pero no se ve a nadie que la persiga. Tal vez alguna fatalidad ocurrió en su casa. Puede que haya perdido su trabajo, esté desconsolada y las deudas la abrumen hasta el dolor. La calle sigue desierta. Ella avanza esquivando baldosas sueltas. Cierro la boca.  Algunas ventanas se mueven a mi paso y sé que hay gente escondida detrás de ellas. Mejor camino para no despertar sospechas; apuesto a que me creen la loca del barrio. Ellos no saben...