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Mostrando las entradas etiquetadas como Cuento

El padrecito

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Jaime ayudaba a su abuela a pelar duraznos, que luego iba colocando en unas mallas finas, armadas con marcos de.madera, que él cortaba y cepillaba en el taller de trabajos manuales de su escuela. En esas mallas iban extendiéndose los duraznos y cuando la malla se llenaba se tapaba la cubierta con una tela de visillos, que impedía el paso de moscas al recipiente. Hecho este trabajo, Jaime se trepaba al techo e iba colocando los rectángulos blancos al pleno sol de Norte. Chico. Unas semanas después,  el secado de la fruta permitía cosechar los huesillos, que doña Julia iba pesando en paquetes de kilo, en unas bolsas de papel café,que apilada en repisas de la cocina, lugar donde se desenvolvía la vida de la familia. Jaime tenía 12 años y había empezado su secundaria, como internado en la ciudad más cercana por lo que sus vacaciones de verano eran el tiempo de retorno a casa de su abuela, que lo había criado desde que su madre falleciera a pocos meses de él nacer. Una tarde, cuand...

Las piernas de Lupita Celeste

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Lupita Celeste presumía un par de hermosas piernas que nacían en el tobillo y terminaban en las pompis; dos lindas  columnas invertidas del templo de Osirión en Egipto: derechitas, delgadas en el tobillo y que engrosaban conforme ascendían. Cuando vi a Lupita Celeste, toda ella me gustó: pelinegro, carilinda, cuello‘ecisne, pecho‘epaloma y patijuntas. ¡Sus piernas eran lo máximo! Lucía muy entallados jeans y al ver la imagen completa, solo atiné a pensar: “Tengo que acariciar esas piernas, costare lo que costare”. La enamoré al estilo de antes: flores, chocolates, paseos al parque, serenatas y cuando nos hicimos novios les dije a sus piernas: “¡Hey! A las dos les digo: ¡Ya llegué ya! Pero el destino es cruel y veleidoso: — Nos invitaron a un bautizo en un rancho aquí nomasito —me dijo Lupita Celeste— y voy a ir con mi familia. ¿Nos acompañas? No, jamás. La presencia de su papá, don Helio (tocayo del gas que en el sol abunda), me infundía temor; temor es poco, ¡pavor! Don Gas era ...

Misión para Heracles

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  Llegó al Olimpo, lugar en el que habitan los Dioses y Semi-dioses. Una Orden del Gran Zeus, el más grande o quizás de los dioses, el más terrible. Era perentorio actualizar la época en que los dioses se paseaban por la Tierra   y eran venerados y temidos.   No podían bajar a la Tierra. La veneración, temor y ofrendas ofrecidas por la criatura humana era lo que los mantenía con vida y lo que los energizaba. Así pues, ya que no estaban en condiciones de bajar. Se decidió enviar a un semi-dios. ¡ Y qué mejor que al hijo mismo del más Grande! Zeus¡ De esta manera bosquejaron las nuevas tareas para Hércules-Heracles, Hijo de Zeus. Antecedentes previos: Acosados los habitantes de una pequeña región, rica en recursos naturales: Minerales, como cobre, oro y litio, y un inmenso litoral proveedor de gran riqueza marina, eran asolados por una enorme bestia, semejante a la hiedra de Lerna con   muchos tentáculos y cabezas, cuyos ojos hipnotizaban a quienes los vier...

La culpa

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  Hundió sus manos en los bolsillos y partió cerro abajo, rumiando episodios imborrables, clavados a fuego en medio del pecho. Siempre había oído decir que, al morir, la persona deambula por todos los lugares que recorrió en su vida y siempre imaginaba una larga agonía, dada la vida nómada que por décadas practicó, por distintos vericuetos del mapa. Lo que no había entendido antes, era que la agonía se tuviese que vivir con todas las luces prendidas, con la energía vital llevándolo por angostas veredas, donde los paisajes vecinales habían cambiado, donde esos amigos de infancia y adolescencia habían partido. Donde el amor se había secado como un árbol doblado por el fuego. Y por ello, iba sintiendo que su longevidad y energía vital eran parte de la penitencia ideada en pago por una culpa gigantesca, metida en su venario como una esquirla cotidiana. La bendición de tragarse los años sin rastro en su cuerpo juvenil, comenzaba a convertirse en la maldición de Dorian Gray, cada d...

Infarto al miocardio

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Nunca pensé que mi padre pudiera morir algún día. Un sábado del año 86 saboreaba mi café mañanero en casa cuando, Yayo Gutiérrez, mi compadre, inesperadamente apareció gritando con su voz de saxofón barítono desafinado: “¡Compadre, a su papá le dio un infarto al miocardio! Pero no se asuste, él está bien —y me explicó—: su familia no lo puede localizar, por eso me hablaron a mí. Su hermana dice que su papá está bien”. Sé que cuando te van a soltar la noticia de la muerte de un familiar, te la dosifican: primero lo enferman gravemente y en seguida llega la noticia fatal; pensé: “De seguro mi padre está muerto y yo no me titulé, se fue con la convicción de que me ahogué en la playa”. Mi mente retrocedió al año 1975. Por un montón de razones (todas mi culpa) no había presentado mi examen profesional para obtener el título de Médico Veterinario Zootecnista: comencé a trabajar con carta de pasante. Ganaba bien. Luego me casé y fui postergando ese trámite. Ahora regresaba a trabajar a mi tie...

Navidad en la montaña

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  Como todos los días de nuestra vida de niño en la casa, el 24 de diciembre de aquel remoto año que la memoria no pudo registrar, nos fuimos a dormir temprano.  El frío clima en las alturas de la sierra no permite hacer otra cosa. Aunque teníamos en nuestra tierna cabecita la idea remota de la Navidad, no era costumbre celebrarla del modo que más tarde conocí.    Así pues, luego de la acostumbrada y cotidiana cena de esa noche, disfrutada alrededor de la hoguera de nuestra humilde cocina, apagamos los candiles y nos fuimos a la cama a dormir.    En la rústica sala, un espacio al que se llegaba luego de atravesar a obscuras el corredor de la casa, habíamos puesto, en una esquina, un humilde árbol de Navidad adornado con algunos globos de colores que alguien llevó de no sé dónde.    Esa noche, recuerdo, estábamos en casa los tres hermanos más pequeños de la numerosa prole prohijada por mis padres, acompañados de mamá.  Mi padre...

Bolo Insatisfecho

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  Cuando velatorios y crematorios no existían, la velada se hacía en la casa del difunto: puertas abiertas, sillas alrededor de la sala, mesas y más sillas en el patio y cierre de calles sin pedir permiso a nadie. Mientras llegaba el cajón de madera, el cadáver reposaba en su cama. Si no le podían cerrar los ojos le colocaban lentes oscuros (de los baratitos), total, al muerto no le  molestaría más la luz del sol. Solidarios, los vecinos y familiares contribuían llevando: pan, tamales, bocadillos, botellas con licor, cigarros, ollas con café; bueno, hasta postre. Todo se repartía entre los asistentes. Murió don Lico Bolillo, popular bajista, integrante de la marimba “El Son Sabrosón”. “El Ñeñé”, ingenioso y reconocido bolo, aterrizó tambaleante en el velorio, solitario, se acurrucó bajo un almendro en el patio. Algunos bolos (como él), son extraordinariamente sensibles y solidarios ante el dolor ajeno y más si el occiso es un colega de adicción etílica, y don Lico lo era. Po...

Arrebato

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https://www.laestrella.com.pa/cafe-estrella/cuentosypoesia/200523/arrebato   ARREBATO La calle estaba desierta. Eran las tres de la tarde y el calor brotaba del asfalto. Escuché un grito, miré a la izquierda y vi correr a la mujer empapada de miedo. Me persigue y sé que está cerca, todo mi cuerpo lo siente y me estremezco. Corro desbocada y no quiero mirar atrás. No aguanto mis ojos cegados por esa visión perversa y por eso grito ahora más fuerte, para alejarme del silencio. La seguí con la mirada hasta que dobló la esquina. Parece que huye, pero no se ve a nadie que la persiga. Tal vez alguna fatalidad ocurrió en su casa. Puede que haya perdido su trabajo, esté desconsolada y las deudas la abrumen hasta el dolor. La calle sigue desierta. Ella avanza esquivando baldosas sueltas. Cierro la boca.  Algunas ventanas se mueven a mi paso y sé que hay gente escondida detrás de ellas. Mejor camino para no despertar sospechas; apuesto a que me creen la loca del barrio. Ellos no saben...

La cartilla de don Perpetuo

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La cartilla del Servicio Militar Obligatorio era (y creo que todavía es) un documento importante. Lo supe la vez que invité al cine Alameda de la Ciudad de México a una muchacha un poco mayor que yo. Después de hacer una larguísima cola para comprar los boletos, le di uno a ella, y yo atrás. El hijo de puta que estaba en la entrada recibiendo los boletos, alzando la voz ante mi invitada y demás gente, me dijo: —¡Cartilla militar! Esta es una película para adultos. Ella, adentro; yo, afuera. Ella, sonriendo divertida; yo, sufriendo, hecho un idiota. Pensé entonces: “Tengo que obtener mi cartilla para poder entrar a los cines a ver películas de adultos y no hacer otro papelón como éste”. En la Preparatoria se podía hacer el SMN (Servicio Militar Nacional); dos veces me inscribí y dos veces deserté al llegar las vacaciones de diciembre para irme a mi pueblo. Cuando regresaba, estaba dado de baja. Ya en la facultad conocí e hice amistad con “don Perpetuo”; él era un compañero gordito, rubi...

En el cine del pueblo

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  En el cine del pueblo Enrique Orozco González - Tapachulas, Chiapas - México - Fraternidad Bajo el Palo de Mango. En el cine del pueblo, René vio una película mexicana donde Pedro Armendáriz llega a la cantina; de una patada abrió las puertas batientes, “sopapeó” a dos malosos. Acodado en la barra pidió un tequila, se atusó el espeso bigote y escudriñó el lugar con mirada retadora. Los parroquianos no respondieron. De un jalón tragó el tequila; puso en el dorso de la mano unas gotas de limón con sal y lamió la mixtura ¡Qué sabroso! A René el pleito no le impresionó. Le impactó la mezcla tequila-sal-limón, “se le hizo agua la boca”. Ya en casa, influenciado por lo del cine, se sintió Pedro Armendáriz, le robó a su padre una copa de tequila, preparó limón y sal. En la cocina no había puertas batientes, ni barra, ni a quién golpear. Expectantes, sus chuchos lo veían. Pateó al noble “Gavilán” que huyó adolorido. Luego enfrentó al “Zopilote”, que agresivo, le mostró los colmillos. Ren...