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Mostrando las entradas etiquetadas como México

La sangre es la sangre

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  Nací en un pueblo pequeño, tan pequeño que todos éramos vecinos y parientes. Diez cuadras de largo por seis de ancho, no más. Fui el segundo hijo y primer varón de mi familia. Una de las primeras sensaciones de vida fue la tierna presencia de mi madre, doña Jelen. Aún siento el calor de sus brazos y su verde mirada. Como un brumoso sueño paladeo el agradable sabor dulzón de leche materna fluyendo veloz de su cuerpo a mis tres kilos de vida. Ella me contó que casi al final de su segundo embarazo (el mío) le regalaron mangos “Pico de rosa” sazones, los envolvió en ropa vieja para acelerar su maduración y un fatídico once de abril se los comió todos, yo nací el día siguiente acompañando una diarrea mangal (no pedí más detalles del evento). En 1950 a mis dos años de edad, mi padre nos llevó a Cristóbal Obregón, una colonia ejidal cercana rodeada de cerros (uno con forma de tinaja) Ahí estudié mis dos primeros años de la primaria. En Obregón nacieron mis hermanos Wili y la Meca. Con ...

Aventuras del "Muñeco"

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  Llegó una tarde desde las templadas tierras de Socoltenango junto con una recua de jóvenes muletos. Por esos días la compraventa de la especie equina era un magnifico negocio por la carencia de caminos carreteros que permitieran la entrada de camiones en esas agrestes montañas de la sierra. Mulas y caballos constituían la forma más adecuada para el transporte por esos escarpados caminos. Aquel que tuviera la fortuna de contar con más de un ejemplar de esa especie, era muy afortunado.  Era un potro lobo gateado recién domado. Mediano él, ágil como ninguno. Un caballo “de paso” decía la gente porque tenía un trote suave y con mucho estilo. Lo compró Hugo, el cuñado. Con él iba y venía a los lugares vecinos, orgulloso de tener una cabalgadura poco común allá en esos lugares. “El Muñeco” lo bautizó su amo. Así le llamamos todos. Ensillarlo y montar ese hermoso caballo era un privilegio. “El Muñeco” fue pasando de mano en mano luego que el cuñado dejó la montaña y se cambió d...

El caldo de gallina

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  En 1982 Dora Celina me dio la mejor noticia de ese año: “Estoy embarazada”. ¡Increíble! ¿Yo, papá de alguien? La remolona cigüeña no quería aterrizar por mi casa y de pronto: ¡Albricias! ¡Azotó la res! El ultrasonido para identificar el sexo de los bebes todavía no existía. Las matronas de la familia elucubraban diversas hipótesis por la forma y el tamaño de la barriga de Dora Celina: Barriga con pico: “niño”; Barriga redonda: “niña” (y después fue al revés). El periodo de preñez pasó con los síntomas usuales de las embarazadas: cansancio, sueño, náusea, antojos y desantojos. Lo que antes le gustaba, ahora ya no. Mientras la gestación avanzaba se volvió hipersensible a los olores fuertes. Regalé una botella grande de “Brutt”, mi perfume favorito, pues la hacía vomitar nomás con verme. Ella me compró otro: “Les Fleurs du Désert”, que me hacía vomitar a mí. Investigué cuánto dinero costaba un parto normal: iba de 2000 hasta los 3000 pesos. Los tenía. A la mitad del emba...

Mi Cocola

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Mi primer perro llegó en brazos de mi padrino bautismal: un hombre enjuto, nervioso, que al reír, mostraba un solitario par de incisivos centrales: —Ahijado —dijo—, esta chuchita es muy fina, es un regalo de tu madrina. Es raza Chau-chau. Su mamá vino en avión de Alaska, estos chuchos jalan trineos. Su lengua es negra porque en Alaska todo es blanco, si su lengua no fuera negra, se la mordería: ¡Son muy bravos…! ¿O no, compadrito? Mi padre puso cara de experto en chuchos polares. Movió la cabeza afirmando: —¡Sííí, así es, compadre, así meríto es! Mi padrino, buen hombre, pero las razas de perros no era su fuerte. El origen de los Chow-Chow (no Chau-chau) es China, no Alaska. Por supuesto no jalan trineos. Son muy mordelones. Su lengua negra es una característica racial. ¿Cómo llamarle? Después de mucho cavilar opté por “Cocola”. A mis padres ese nombre no les gustó.  —¿Cocola? —exclamó doña Jelen— ¡No, no y no! ¡Eso es un disparate!  —Cocola no es un disparate, todos los hombr...

¡Muere, rata inmunda!

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  ¡Muere, rata inmunda! Dick Tracy fue un heroico inspector de policía que luchaba contra el hampa de los Estados Unidos en el Chicago del maloso gánster Al Capone. Usaba gabardina amarilla y sombrero de fieltro de alas caídas. Él nos entretenía con sus aventuras en una revista de monitos muy popular allá por la mitad del pasado siglo. El dibujante pintó a todos los personajes con nariz curvada como de loro, incluido el héroe Dick que sacaba la pistola y la tronaba a la menor provocación. “¡Muere, rata inmunda!” gritaba cuando le agujereaba el cuero a balazos a algún mafioso. El Mapechiapa, mi primo, compraba esas revistas y después de leerlas y releerlas me las prestaba. Por esos días el tío Gánigan, mi querido pariente, pidió posada en mi casa por unos días. Me gustaba hablar con él pues su plática ligera y picarona me divertía. Siempre aprendía alguna nueva grosería que ampliaba más mi ya nutrido repertorio. Mi tío Gánigan vivió al extremo: en el cielo o en el infierno, no se “h...

Los zapatos nuevos

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  Muy temprano desperté, el canto del gallo anunciaba el amanecer fresco y frio, sentí el aire silbar en la ventana, me dispuse a ser limpiado con el suave trapo de algodón y perfumado con el talco de aroma a rosas, pero hoy esto no sucedió, no me vi en la alfombra de siempre, las horas pasaban y note que no era calzado, espere y espere, así que decidí salir a buscar a mis dueño, de la esquina obscura del armario aproveche en un abrir y cerrar de ojos en el que buscaban una camisa y salí, no me dejaban en el armario ese no era mi lugar, extrañado y un poco desorientado baje las escaleras, no se escuchaba ruido en la casa y al salir note que el sol de la mañana calentaba a toda intensidad, camine en la calle empedrada y pregunte a la buganvilia que se mecía con su hermoso color rosado al menor soplido del viento has visto a mi dueño, mi querido zapato tu dueño paso ya tiene rato portando unos brillosos y nuevos zapatos negros, mi corazón se sacudió y por un instante pensé en quedarm...

Todo vale

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  En el amor todo vale y nada cuenta cuando es del bueno. Él le regaló un pañuelo y con él, su corazón. Se acercaron al altar con mil promesas que se dan, con sueños no contados e intenciones esbozadas, dos vertientes se confunden en la flor. Mas el destino empecinado va surcando el tiempo rebanando, separando y cambiando el trato. Él alzando su voz, descarga toda frustración, sobre la blanda piel morena, con la fuerza de su puño lacerante.      Un... -¡Hoy no!      Un... -¡A ver si vengo!     -¡Ay! A ver cómo le hacen, ya no doy para más.   Un grito agudo de tristeza exclama  - !!Este hombre hiere como púas de un nopal!    Ella, queda sollozando en la sierra de San Juan y la estremece el llanto de su vástago inocente.   Él, en la cantina que embrutece y para ellos, ya no hay lugar.  Más parece un rosario de ortigas que acabará muy pronto, con el mismo olvido del pañuelo en el desván. Yolanda Ríos ...

Los excursionistas

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  Esa fue la tarde más lluviosa de agosto. La carretera de Volcán estaba cubierta de la densa niebla. Había poco tránsito. A las seis de la tarde,   el grupo completo debería estar en la Cascada perdida,   punto de encuentro para regresar. La noche anterior, todos, cercanos al cráter, acamparon mojados pero felices, reconstruyendo las vivencias desde el caballete de la región centroamericana, donde se divisan los colosos del ponto, el Atlántico y Pacífico; y los recuerdos de la memoria colectiva   reviven los desaparecidos en el pico del león que ronca; no obstante, al día siguiente, al retornar a la piquera, eran solamente doce.   Los excursionistas lo esperaron casi dos horas, hasta que decidieron tomar el último autobús. Sus semblantes reflejaban preocupación. Sentados en los puestos finales, comentaban mirando por las ventanas, cada paraje de misterio y fragancia que iban dejando atrás. Siete horas demoraba   caminar por la inhóspita cordillera de T...

La Vida en matemáticas

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  La vida es un entero que dividida en cuartos da como resultado cien fabulosos años Cinco cabales lustros da esa operación que bien acomodados corresponden a cada estación. La tierna Primavera de uno a veinticinco cuando el andar de uno se da hasta con brincos.  En esa tierna edad, niñez predominante, el hombre se prepara para salir avante. Con cuántas aventuras, juegos y travesuras se forja la experiencia de aquella adolescencia que prepara la entrada de la gran juventud. Tiempo para adquirir la fuerza necesaria y poder producir para la vida diaria. Se prepara la mente con los buenos estudios. Con buena diversión sin ir a los tugurios. De uno a veinticinco transcurre la estación en la que nuestra vida es pura diversión. Luego viene el Verano que va hasta los cincuenta tiempo de producir el campo de la vida. Arar, sembrar, regar para que la cosecha ayude a prosperar. Tiempo de producir también a los retoños para que en el otoño tu puedas persistir. Es esta edad madura la que ...

El sacapuntas

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Me encontraba rebuscando unos documentos en una gaveta de mi cómoda, cuando de un bolso de tela se deslizaron chécheres y cosméticos. Hubo uno de ellos que llamó poderosamente mi atención: era el sacapuntas rojo, con la navajilla oxidada de apenas una pulgada, que usaba mi madre para afilar su lápiz de cejas, y el cual cuidaba con esmero.  Mi madre, conservadora en el gasto, nunca lo cambió. Yo pensé, al contemplarlo, que era el momento adecuado para afilar un par de lápices que hacía mucho tiempo no tenían el grafito.  Al tomar el sacapuntas, que apenas funcionaba, sentí un escalofrío entre mis dedos que me trasladó a mi infancia.  Veo las manos de mi madre tratando de sacar filo al lápiz dark Brown, que al rato usa frente al espejo para acentuar el tono de sus cejas y aquel lunar sobre el labio superior, tan piropeado y cantado.  Se viste y sale a hacer sus mandados esparciendo un aroma fresco a lavanda mientras se aleja. Al salir, cierra la puerta y yo vuelvo...

El burro de la oreja mocha

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“El Bimbollo” no volverá a burlarse de las cosas que no entiende. Jamás olvidará la noche que con su amigo el “Ganso Marinela” celebraron la fiesta de fin de año de la empresa “Bimbo” (de ahí sus apodos). Trabajaban como choferes de reparto. El Bimbollo era muy blanco y gordo, mientras el Ganso presumía su color achocolatado por descender de africanos. Esa madrugada ellos siguieron celebrando y bebiendo en un parque cercano, cuando pasó un chucho flaco, el Ganso preguntó: —Bimbollo ¿Sabes qué son los nahuales? —Sí. En mi pueblo es un trapo enrollado que se ponen en la cabeza las mujeres para cargar cosas pesadas. —No seas güey, esos son “yaguales”. Los nahuales son gente que se transforman en animales: ese chucho flaco es un nahual. —¿Sííí? ¿Un nahual flaco? El Ganso sonrió. En los pueblos es creencia popular que existen personas malas, aliadas con el diablo, que toman forma de animales y hacen daño a los demás, a los indefensos. Esos animales son su alter ego o su animal tutelar. —¿C...

Dos relatos breves de Sonia Ehlers

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                                          Tere Conversábamos al pie del observatorio en el desierto de Atacama y Jacinto preguntó: —¿Extrañas a Tere? —No, le dije. Después de meditarlo, he llegado a la conclusión que solo existimos en la memoria colectiva. Somos como las estrellas que se apagaron hace mucho tiempo y de ellas, solo queda la luz. Lo que llamamos vida está en la mente. ¿Recuerdas el siglo 21? ¿La sequía, la hambruna, la contaminación que nos exterminó? Cuando toquemos el punto clave de otro planeta, la memoria de ellos se activará extinguiendo totalmente la nuestra: entonces extrañaré a Tere. La paloma Moribundo voló por los aires. Era lunes. Aquella mañana subió al auto rumbo al trabajo; en el camino lo embistió el camión que se veía en el fondo de la zanja. De su auto no quedó ni rastro. Sólo lo vieron salir disparado a través del parabrisas;  durante el vuelo go...

Remembranzas porteñas

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  El asado de tira estaba listo. La sal gruesa doraba la carne y al interior el jugo guardado invitaba a probar. Estaba a punto. En las tablitas se fueron cortando los trozos y en la fuente al centro del mesón se colocó la ensalada mixta, condimentada con aceite de oliva y una pizca de vinagre.  Todos nos sentamos bajo la enramada en el patio de tierra previamente regado. Se combinaban los olores de la tierra mojada, el asado y la ensalada, era mediodía y este alto en el camino era un ceremonial, el acicate del trabajo duro. En vasos llenos de flores amarillas se dispuso el vino rojo y alguien trajo un bidón de soda helada para mezclar.  De pronto, de una radio antiquísima colgada en una esquina, comenzó a fluir un tango arrabalero. La eucaristía de la tierra estaba preparada.  El madrugador Buenos Aires de las maestranzas y las construcciones se detenía a almorzar y la vida se estampaba en el recuerdo con un ramillete de aromas, imposibles de borrar. Caballero ...