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Mostrando las entradas etiquetadas como Enrique Orozco

La muerte de tío Tobita

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Una fría madrugada de enero, fuertes golpes en la puerta me regresaron al mundo de los despiertos. En casa, el Botones, consentido caniche de Dora Celina, ladraba solidario con los de afuera. Vi el reloj: dos de la madrugada. Tiritando, pregunté:                 —¿Quién es?                 —La vieja Inés! —oí la voz de mi primo Pepe Menelao. Abrí. Lo acompañaba, el Mapechiapa, otro primo. Varias veces ese par llegan a tamborearme la puerta a deshoras buscando platicar conmigo. Junté toda la paciencia que pude: —¡Cabrones, les advertí ya, que cuando anden bolos no soy sus primo! No los conozco, mi casa no es cantina. Ustedes y ese chucho ya despertaron al vecindario.                 Iba a cerrar, Pepe Menelao se me cuadró como un recluta ante su sargento. —Primo, no estamo bolos. Ese tu chucho mampo es el que hace escándalo. Te Venimo a informar que tío T...

La partida de Carmelo, el “Meco”

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Por Facebook me enteré de tu muerte, querido Carmelo López, y me sentí desolado. Hace tres o cuatro años en una de las últimas fiestas de La Rial, en Villaflores, me saludaste. Tenía más de sesenta años de no verte y al acercarte y preguntar si me acordaba de ti, mentí por cortesía y contesté afirmativamente; pero la verdad es que no supe quién eras.  Hasta que J J Solórzano me preguntó: —¿Ya saludaste a Carmelo? Él me preguntó por ti. Me llevó contigo y corregí mi error. Te abracé y te pedí mil disculpas. La verdad no habías cambiado mucho, pero es que no te vi en el proceso de arrugamiento. Cuando nos conocimos yo tenía nueve años y vos diez más. Alto, meco, colocho y siempre risueño. A pesar de la diferencia de edades fuímos amigos. Eras el “second” o mano derecha del padre Roberto Trejo en las tareas de la iglesia, yo su monaguillo (monigote decía mi abuela) y su estorbo en las misas. Como si fuera hoy te veo subir al campanario de la vieja iglesia, y si eran repiques a horas i...

La sangre es la sangre

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  Nací en un pueblo pequeño, tan pequeño que todos éramos vecinos y parientes. Diez cuadras de largo por seis de ancho, no más. Fui el segundo hijo y primer varón de mi familia. Una de las primeras sensaciones de vida fue la tierna presencia de mi madre, doña Jelen. Aún siento el calor de sus brazos y su verde mirada. Como un brumoso sueño paladeo el agradable sabor dulzón de leche materna fluyendo veloz de su cuerpo a mis tres kilos de vida. Ella me contó que casi al final de su segundo embarazo (el mío) le regalaron mangos “Pico de rosa” sazones, los envolvió en ropa vieja para acelerar su maduración y un fatídico once de abril se los comió todos, yo nací el día siguiente acompañando una diarrea mangal (no pedí más detalles del evento). En 1950 a mis dos años de edad, mi padre nos llevó a Cristóbal Obregón, una colonia ejidal cercana rodeada de cerros (uno con forma de tinaja) Ahí estudié mis dos primeros años de la primaria. En Obregón nacieron mis hermanos Wili y la Meca. Con ...

El caldo de gallina

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  En 1982 Dora Celina me dio la mejor noticia de ese año: “Estoy embarazada”. ¡Increíble! ¿Yo, papá de alguien? La remolona cigüeña no quería aterrizar por mi casa y de pronto: ¡Albricias! ¡Azotó la res! El ultrasonido para identificar el sexo de los bebes todavía no existía. Las matronas de la familia elucubraban diversas hipótesis por la forma y el tamaño de la barriga de Dora Celina: Barriga con pico: “niño”; Barriga redonda: “niña” (y después fue al revés). El periodo de preñez pasó con los síntomas usuales de las embarazadas: cansancio, sueño, náusea, antojos y desantojos. Lo que antes le gustaba, ahora ya no. Mientras la gestación avanzaba se volvió hipersensible a los olores fuertes. Regalé una botella grande de “Brutt”, mi perfume favorito, pues la hacía vomitar nomás con verme. Ella me compró otro: “Les Fleurs du Désert”, que me hacía vomitar a mí. Investigué cuánto dinero costaba un parto normal: iba de 2000 hasta los 3000 pesos. Los tenía. A la mitad del emba...

El señor de los nudos

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    “La vida es un mecate con muchos nudos —decía don Enrique, mi padre—. Esos nudos, te ayudan a subir cuando joven y no te permiten caer cuando viejo”. A pocas personas conozco que anuden corazones como él. También amarraba cosas de cualquier tipo y tamaño, quedaban exactas, ni tan flojas ni tan fijas. Recuerdo la vez que lo visité, y conmigo llevaba mi viejo termo para café, que por el uso perdió el asa.          —Mientras lo mandas a reparar con un profesional, le voy a poner “una agarradera” con este hilo verde —en unos minutos, tejió un asa que estuvo ahí veinte años. Don Enrique no tenía enemigos. El destino lo puso en un lugar donde pudo ayudar a muchas personas. En mi casa el teléfono sonaba muy temprano, unos llamaban para solicitar trabajo, otros para agradecer. Yo, cuando joven, le hice ver su suerte, pero siempre me tuvo mucho amor y sobre todo   paciencia. Recuerdo mis primeras salidas nocturnas de adolescent...

Mi Cocola

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Mi primer perro llegó en brazos de mi padrino bautismal: un hombre enjuto, nervioso, que al reír, mostraba un solitario par de incisivos centrales: —Ahijado —dijo—, esta chuchita es muy fina, es un regalo de tu madrina. Es raza Chau-chau. Su mamá vino en avión de Alaska, estos chuchos jalan trineos. Su lengua es negra porque en Alaska todo es blanco, si su lengua no fuera negra, se la mordería: ¡Son muy bravos…! ¿O no, compadrito? Mi padre puso cara de experto en chuchos polares. Movió la cabeza afirmando: —¡Sííí, así es, compadre, así meríto es! Mi padrino, buen hombre, pero las razas de perros no era su fuerte. El origen de los Chow-Chow (no Chau-chau) es China, no Alaska. Por supuesto no jalan trineos. Son muy mordelones. Su lengua negra es una característica racial. ¿Cómo llamarle? Después de mucho cavilar opté por “Cocola”. A mis padres ese nombre no les gustó.  —¿Cocola? —exclamó doña Jelen— ¡No, no y no! ¡Eso es un disparate!  —Cocola no es un disparate, todos los hombr...

¡Muere, rata inmunda!

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  ¡Muere, rata inmunda! Dick Tracy fue un heroico inspector de policía que luchaba contra el hampa de los Estados Unidos en el Chicago del maloso gánster Al Capone. Usaba gabardina amarilla y sombrero de fieltro de alas caídas. Él nos entretenía con sus aventuras en una revista de monitos muy popular allá por la mitad del pasado siglo. El dibujante pintó a todos los personajes con nariz curvada como de loro, incluido el héroe Dick que sacaba la pistola y la tronaba a la menor provocación. “¡Muere, rata inmunda!” gritaba cuando le agujereaba el cuero a balazos a algún mafioso. El Mapechiapa, mi primo, compraba esas revistas y después de leerlas y releerlas me las prestaba. Por esos días el tío Gánigan, mi querido pariente, pidió posada en mi casa por unos días. Me gustaba hablar con él pues su plática ligera y picarona me divertía. Siempre aprendía alguna nueva grosería que ampliaba más mi ya nutrido repertorio. Mi tío Gánigan vivió al extremo: en el cielo o en el infierno, no se “h...

El burro de la oreja mocha

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“El Bimbollo” no volverá a burlarse de las cosas que no entiende. Jamás olvidará la noche que con su amigo el “Ganso Marinela” celebraron la fiesta de fin de año de la empresa “Bimbo” (de ahí sus apodos). Trabajaban como choferes de reparto. El Bimbollo era muy blanco y gordo, mientras el Ganso presumía su color achocolatado por descender de africanos. Esa madrugada ellos siguieron celebrando y bebiendo en un parque cercano, cuando pasó un chucho flaco, el Ganso preguntó: —Bimbollo ¿Sabes qué son los nahuales? —Sí. En mi pueblo es un trapo enrollado que se ponen en la cabeza las mujeres para cargar cosas pesadas. —No seas güey, esos son “yaguales”. Los nahuales son gente que se transforman en animales: ese chucho flaco es un nahual. —¿Sííí? ¿Un nahual flaco? El Ganso sonrió. En los pueblos es creencia popular que existen personas malas, aliadas con el diablo, que toman forma de animales y hacen daño a los demás, a los indefensos. Esos animales son su alter ego o su animal tutelar. —¿C...

Las piernas de Lupita Celeste

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Lupita Celeste presumía un par de hermosas piernas que nacían en el tobillo y terminaban en las pompis; dos lindas  columnas invertidas del templo de Osirión en Egipto: derechitas, delgadas en el tobillo y que engrosaban conforme ascendían. Cuando vi a Lupita Celeste, toda ella me gustó: pelinegro, carilinda, cuello‘ecisne, pecho‘epaloma y patijuntas. ¡Sus piernas eran lo máximo! Lucía muy entallados jeans y al ver la imagen completa, solo atiné a pensar: “Tengo que acariciar esas piernas, costare lo que costare”. La enamoré al estilo de antes: flores, chocolates, paseos al parque, serenatas y cuando nos hicimos novios les dije a sus piernas: “¡Hey! A las dos les digo: ¡Ya llegué ya! Pero el destino es cruel y veleidoso: — Nos invitaron a un bautizo en un rancho aquí nomasito —me dijo Lupita Celeste— y voy a ir con mi familia. ¿Nos acompañas? No, jamás. La presencia de su papá, don Helio (tocayo del gas que en el sol abunda), me infundía temor; temor es poco, ¡pavor! Don Gas era ...

A vender tamales

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Muchos puentes de la carretera costera de Chiapas colapsaron cuando el huracán Mitch nos alcanzó en octubre de 1998. La región del Soconusco quedó aislada. Los víveres escasearon. La maquinaria oficial comenzó a rodar. Hubieron acuerdos con autoridades de la república de Guatemala para que por su territorio nos llegara el abasto alimentario. Todo estuvo bien planeado hasta que apareció un atarantado inspector de Sanidad Agropecuaria ubicado en La Mesilla, Ciudad Cuauhtémoc, Chiapas, que detuvo el paso de la caravana con los productos necesarios para nuestra gente. Un sólo hombre paró el coordinado esfuerzo de todos. Cabe mencionar que la telefonía celular todavía estaba en pañales y la convencional presentaba muchas dificultades. Superando obstáculos, me llamaron de mi oficina central: —¿Usted coordina al personal de Sanidad Agropecuaria en La Mesilla? Mi respuesta afirmativa desencadenó una tajante orden: “En la Mesilla hay una caravana de ayuda detenida por su personal, trasládese a ...

Infarto al miocardio

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Nunca pensé que mi padre pudiera morir algún día. Un sábado del año 86 saboreaba mi café mañanero en casa cuando, Yayo Gutiérrez, mi compadre, inesperadamente apareció gritando con su voz de saxofón barítono desafinado: “¡Compadre, a su papá le dio un infarto al miocardio! Pero no se asuste, él está bien —y me explicó—: su familia no lo puede localizar, por eso me hablaron a mí. Su hermana dice que su papá está bien”. Sé que cuando te van a soltar la noticia de la muerte de un familiar, te la dosifican: primero lo enferman gravemente y en seguida llega la noticia fatal; pensé: “De seguro mi padre está muerto y yo no me titulé, se fue con la convicción de que me ahogué en la playa”. Mi mente retrocedió al año 1975. Por un montón de razones (todas mi culpa) no había presentado mi examen profesional para obtener el título de Médico Veterinario Zootecnista: comencé a trabajar con carta de pasante. Ganaba bien. Luego me casé y fui postergando ese trámite. Ahora regresaba a trabajar a mi tie...

En el cine del pueblo

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  En el cine del pueblo Enrique Orozco González - Tapachulas, Chiapas - México - Fraternidad Bajo el Palo de Mango. En el cine del pueblo, René vio una película mexicana donde Pedro Armendáriz llega a la cantina; de una patada abrió las puertas batientes, “sopapeó” a dos malosos. Acodado en la barra pidió un tequila, se atusó el espeso bigote y escudriñó el lugar con mirada retadora. Los parroquianos no respondieron. De un jalón tragó el tequila; puso en el dorso de la mano unas gotas de limón con sal y lamió la mixtura ¡Qué sabroso! A René el pleito no le impresionó. Le impactó la mezcla tequila-sal-limón, “se le hizo agua la boca”. Ya en casa, influenciado por lo del cine, se sintió Pedro Armendáriz, le robó a su padre una copa de tequila, preparó limón y sal. En la cocina no había puertas batientes, ni barra, ni a quién golpear. Expectantes, sus chuchos lo veían. Pateó al noble “Gavilán” que huyó adolorido. Luego enfrentó al “Zopilote”, que agresivo, le mostró los colmillos. Ren...