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El p’atrás - p’adelante

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  Cada sábado llegaba con la caña mala y su mamá le daba un contundente desayuno con una ensalada de cebolla cruda sin lavar y un par de huevos fritos y un tazón de café.  Con eso el “patrás-padelante” tenía energía para dejar la casa soplada y a la hora de almuerzo había un sitio para él y allí el hombre participaba en las discusiones con sus opiniones e ideas. La mesa siempre podía abrirse a uno más y las cazuelas olorosas salían de una enorme olla que resumía las matinales ceremonias de preparación y armado. Nancho cumplía diariamente en la semana, con la compra de la carne para la cazuela. Costilla y tapapecho era la carne que todas las tardes lo mandaban a comprar donde el chino de la esquina, el carnicero del barrio que tenía un hijo de su misma edad, que era también compañero de escuela. El trabajo de pasar virutilla y de encerar, era pesado y hacía transpirar, al curadito. Al terminar su trabajo, Isabel le pasaba una toalla y hacía que se diera una ducha para senta...

Ánima del Mar

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  No escarmentaba la torpe doncella, mojada y revuelta de arenas, se quedaba en la orilla como una cometa. Pero luego, insistía, jugando graciosa, al mar se volvía, a sacar la arena de su pelo negro y sus orejas pequeñas, Y de nuevo las olas hacían de ella una tromba risueña, gracilarias y luches revolcados de espuma, se quedaban con ella.   Al mar no temía, aunque ella era niña de sierras, que del mar no entendía gran cosa, mantenía entre sueños de almíbar y acuarelas celestes o rosas, sus castillos de arena encantada, jugando entre caracolas del monte a ser una dulce sirena, de voz entonada y ligera.   Una tarde siniestra, se cuenta,   retozaba en la arena soñando, cuando vino una ola gigante que no supo de juegos ni anhelos, la envolvió para siempre en su ira, la llevó mar arriba, hasta el cielo, la dejó constelada en silencio.   Por las tardes de verano en Caldera, a las playas desciende la niña, la veréis correteando muy pálida, entre espumas ro...

Fiebre

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  Despierto en la franja fina de los acantilados, sonambulizo los días, cierro los ojos y voy inventando futuros brevísimos, que apenas se estiran hacia cuatro horas, en afiebrada expectativa. Fuera del cuarto, todo gira y me aferro a la línea punteada que trazaron mis ayeres, para no caer, no fenecer en la inopia del olvido   Musito una acción de gracias por el equilibrio escaso que me sostiene. En la indefensión de décadas recorridas, intuyo la luz, pero sigo allí enclavado, sin atreverme a abrir los ojos, para no desviarme en el vértigo de imágenes mentirosas, esquivando el canto que te cruza de penas y te debilita, haciendo cauto tu caminar presente. He apagado las antenas de onda corta, no quiero claudicar por apariencias, me asumo solo, como cualquiera, en el tramo final de la existencia. Cerrando los ojos, observo desde el umbral lo invisible, aquello en lo que me convierto, en contradictorio discurso de silencio, el viento me muerde las orejas y un gato maúlla en u...