El rayo de sol se posó sobre la almohada.
El rayo de sol se posó sobre la almohada. Era el instante diario que duraba breves minutos, llenando la alcoba de incitaciones a comenzar el día. La rutina se iniciaba, pesadamente previsible. Era un rayito de sol que encandilaba, que ingresaba como un flechazo, dando cuenta de una diana de luz que ordenaba empezar la jornada. La ducha fría cerraba el rito de la higiene diaria y la circulación se agitaba. El despertar anunciaba que esa mañana volvería a tender la cama, encendería la radio y buscaría su programa de tangos, mientras las sábanas se sacudían al aire y luego se alineaban, perfectas, recibiendo las frazadas de colores, iba como pájaro acomodando el nido, luego organizaba los papeles arriba del escritorio, mientras el rayo de sol escapaba y de nuevo la pieza quedaba sobria y opaca detrás de los visillos. Así transcurría la mañana. Salir con su mascota a caminar, llevando la bolsa plástica para recoger sus fecas, esperar con paciencia que la perrita ubicase el luga...