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Pude morir un viernes

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  Pude morir un viernes   El infarto cínico se disfrazó de dolor de estómago y atacó a las 3 de la madrugada del jueves 25 de noviembre. He vivido para contar la historia y tengo la información privilegiada al haber sido cronista de mi propia aventura. Las primeras horas, en la madrugada, recurrí a tes medicinales, pero el dolor en la boca del estómago era agudo y frío, impedía estar quieto o conciliar el sueño. Me paseaba por la gran casona. No tenía dolor en los brazos, no me dolía el pecho, pero instintivamente durante todo el tiempo, tosí mucho, como para expulsar el dolor, el cual atribuía a algo que habría cenado o quizás por haberlo hecho muy tarde. Llegó la mañana, había amanecido, el dolor no pasaba. Me dije, cuando pase el dolor de estómago dormiré y por ahora voy a comenzar la jornada como de costumbre. Amanecido, me duché y me vestí para iniciar mis actividades, lo cual significó a las 8:00 hrs hablar con el colega que me subroga, para indicarle que había pasado ...

Gracias a la Música

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Suena la música y me lleva a la adolescencia, en un vértigo de emoción recóndita, que aflora como un diario de vida, garabateado con corazones y acrósticos. Aparece de pronto el baile, la sed pasional que vibraba en la media luz de los lentos. La música es confidente, aparece con rostros que ya casi no tienen nombres precisos, pero permanecen vivos en algún cofre neuronal que las melodías recrean. Es un mágico viaje que, por personal, se hace secreto indecible, apenas suspiro, que la mañana disimula y excusa con mesura. Estoy escuchando radio, música escogida para quienes necesitan esta íntima terapia para energizar las horas que siguen, con insinuantes guiños al presente, erotizando el domingo. En medio del jardín, las flores también bailan al ritmo del viento sur, las plantas también gozan la música y las palabras de saludo de la dulce jardinera que las cuida, riega y nutre. La sintonía surge en un pequeño milagro de vida, en medio de una vorágine de negros sucesos, para recuperar ...

Buscando un Mantra

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Inspira, exhala, sigue el ritmo cadencioso de las olas Fluye hacia la cima, sin el peso de tus quejumbres, permítete la desnudez total de tu conciencia, para abarcar las dimensiones recónditas de la humanidad y resumirlas en una síntesis cristalina, que permee la luz del conocimiento, del verbo, de Dios. ¡Cuán pretencioso es el hombre! feble criatura que transita ciego por su estrecho ensayo, distraído por viscerales hambres, por llamaradas de pasión que luego se apagan, dilapidando su escaso tiempo y dejando huellas negras en su depredar. ¿Cómo aspirar a redenciones o a enésimas oportunidades? Inspira, exhala, tropiezas con tus secretos, con tus culpas recónditas, los perdones retrasados eternamente. Sopesar lo imprescriptible, embalsamar de excusas los laberintos. Despojarse de todos esos lastres y ascender para respirar la impronta libertaria, sacudiendo la vanidad del oro, convertido en esencia sublime, niebla celeste cobijándose en las esporas de los cactus del desierto....

Fiebre

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  Despierto en la franja fina de los acantilados, sonambulizo los días, cierro los ojos y voy inventando futuros brevísimos, que apenas se estiran hacia cuatro horas, en afiebrada expectativa. Fuera del cuarto, todo gira y me aferro a la línea punteada que trazaron mis ayeres, para no caer, no fenecer en la inopia del olvido   Musito una acción de gracias por el equilibrio escaso que me sostiene. En la indefensión de décadas recorridas, intuyo la luz, pero sigo allí enclavado, sin atreverme a abrir los ojos, para no desviarme en el vértigo de imágenes mentirosas, esquivando el canto que te cruza de penas y te debilita, haciendo cauto tu caminar presente. He apagado las antenas de onda corta, no quiero claudicar por apariencias, me asumo solo, como cualquiera, en el tramo final de la existencia. Cerrando los ojos, observo desde el umbral lo invisible, aquello en lo que me convierto, en contradictorio discurso de silencio, el viento me muerde las orejas y un gato maúlla en u...