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Mostrando las entradas etiquetadas como Por la cuadra de Basterrica

Los roperos y sus historias

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  De madera caoba con un amplio espejo de tres lunas, el ropero llenaba un amplio espacio del dormitorio de la familia. En la toilette con su mesada de mármol blanco reposaba impecable el gran lavatorio y la jarra de agua.   Un cuadro del Corazón de Jesús, destacaba en la cabecera de la cama alta, con faldones de un gran cubrecama de paño guinda, que daba realce a las sábanas bordadas y al bronce del catre, pulcramente abrillantado. Sobre los veladores, con pantallas de cristal opaco, estaban las infaltables fotos familiares y alguna imagen religiosa. La cama era alta, el colchón de lana de oveja que cada tanto se abría, se lavaba y escarmenaba de nuevo para dejarlo mullido, evitando que se fuese deformando por el peso de los cuerpos. El somier de malla de alambre era incapaz de ser discreto y en el fragor de las madrugadas retumbaba su rítmico sonido que no dejaba dudas de que esa noche se había consumado una vez más esa pasión que los cónyuges disimulaban en lo cotidiano...

El p’atrás - p’adelante

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  Cada sábado llegaba con la caña mala y su mamá le daba un contundente desayuno con una ensalada de cebolla cruda sin lavar y un par de huevos fritos y un tazón de café.  Con eso el “patrás-padelante” tenía energía para dejar la casa soplada y a la hora de almuerzo había un sitio para él y allí el hombre participaba en las discusiones con sus opiniones e ideas. La mesa siempre podía abrirse a uno más y las cazuelas olorosas salían de una enorme olla que resumía las matinales ceremonias de preparación y armado. Nancho cumplía diariamente en la semana, con la compra de la carne para la cazuela. Costilla y tapapecho era la carne que todas las tardes lo mandaban a comprar donde el chino de la esquina, el carnicero del barrio que tenía un hijo de su misma edad, que era también compañero de escuela. El trabajo de pasar virutilla y de encerar, era pesado y hacía transpirar, al curadito. Al terminar su trabajo, Isabel le pasaba una toalla y hacía que se diera una ducha para senta...

Un traje crecedorcito

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  Su papá compró un corte de casimir Bellavista Tomé, color café oscuro, en el Bar “Donde Nunca se supo” . Seguramente, hizo un trueque, recibiendo la pieza de tela como pago por algún brasero de fierro o una plancha a carbón, que él solía fabricar para su familiares y amigos. Esa tarde de sábado Gustavo llegó feliz a casa con la pieza de tela, diciendo que era un regalo para su hijo Nancho. Isabel decidió llevar la pieza de tela donde la Señora Esterbina, modista amiga, que vivía en una casona del cerro Florida, a dos cuadras del ascensor. Ya el viaje en sí era una aventura, que le significaba tomar dos ascensores, el trolebús, de paso, ganarse algún completo, con leche con plátano, en el Návoli. Nancho tenía unos 8 años y le encantaba ir con su madre a esa casona de Doña Esterbina, que vivía en un segundo piso y abría la puerta con un cordel. La casa estaba a la entrada de una empinada calle, que partía en la Avenida Alemania y el cielo parecía ser su límite. Lo que entus...