El caldo de gallina
En 1982 Dora Celina me dio la mejor noticia de ese año: “Estoy embarazada”. ¡Increíble! ¿Yo, papá de alguien? La remolona cigüeña no quería aterrizar por mi casa y de pronto: ¡Albricias! ¡Azotó la res! El ultrasonido para identificar el sexo de los bebes todavía no existía. Las matronas de la familia elucubraban diversas hipótesis por la forma y el tamaño de la barriga de Dora Celina: Barriga con pico: “niño”; Barriga redonda: “niña” (y después fue al revés). El periodo de preñez pasó con los síntomas usuales de las embarazadas: cansancio, sueño, náusea, antojos y desantojos. Lo que antes le gustaba, ahora ya no. Mientras la gestación avanzaba se volvió hipersensible a los olores fuertes. Regalé una botella grande de “Brutt”, mi perfume favorito, pues la hacía vomitar nomás con verme. Ella me compró otro: “Les Fleurs du Désert”, que me hacía vomitar a mí. Investigué cuánto dinero costaba un parto normal: iba de 2000 hasta los 3000 pesos. Los tenía. A la mitad del emba...