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La triste brevedad de un sueño.

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    Para Belén   El vuelo de medio día de una de las aeronaves que van de la ciudad de Tapachula a la ciudad de México de ese quince de enero del dos mil veintiuno, no era cualquier vuelo. El avión en turno de ese día iba cargado de sueños de cinco de sus felices pasajeros. Si la emoción hechas felicidad y alegría tuvieran un color, el avión se habría teñido con ellos y, emulando una hermosa mariposa multicolorida, habría tomado vuelo esa tarde calurosa para surcar el cielo. En contraste con esa alegría, la madre - abuela que los había llevado al aeropuerto, volvió a casa con el corazón vacío. Y, contrario a lo que siempre hace, a su regreso al hogar vacío, lloró como nunca sus ojos había vertido tantas lágrimas. Sintió como su alma, así, de pronto, se había partido en mil pedazos. Molesta consigo misma, de tanto llorar, pidió perdón a Dios y encomendó en su nombre a sus seres queridos. Belén, joven mujer de treinta años y única mujer de tres hermanos, había p...

CASERITA

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Zarandeaba el canasto de mimbre en medio del mercado, las papas chilotas soltaban la tierra gredosa y se iban limpiando, disimulando sus ojos misteriosos. La pilastra se preparaba de madrugada, se disponían las frutas más seductoras, se hilvanaba la madrugada entre aromas, las betarragas de color granate y los apios verdes iban creando banderolas, los morrones rojos, verdes y amarillos, trepaban sus aromas encantados; los repollos y las zanahorias competían en alegría con las lechugas melancólicas. Más allá las naranjas, las manzanas deliciosas y las verde limón; los plátanos ecuatorianos reposaban su larga travesía. La armonía del amanecer se congregaba en la ceremonia del mercado que despertaba y un tropel de hombres abrigados entraba y salía preparando todo. En un canasto oloroso, llevado por una abuela milenaria, los panes batidos asomaban la palta con arrollado huaso y el té o el café humeantes llenaban de aromas el reposo después de la tarea cumplida. La tienda estaba abierta...

Las rutas del agua

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  Al desierto hay que tenerle respeto, en sus dunas y mesetas no se puede improvisar. Para navegar en su soledad inmensa y procurar conocerlo, hay que viajar con baqueanos que ubiquen sus riesgos y sepan conducir al visitante por las rutas del agua. Por ese relieve agreste, los incas supieron diseñar caminos y acueductos. Nos enseñaron a bajar el agua en terrazas, llevando vida, a la dura roca milenaria. Esto que es fácil de leer en los libros de texto, se hace una odisea enorme cuando uno recorre la inmensidad de esos caminos, cuando se tragan cientos de millas de estériles mesetas, cubiertas apenas con una vegetación porfiada de champas color verde terroso. Es increíble ver como los cactus se visten de una esponja verde para absorber la camanchaca, es impactante como sus brazos intentan cazar una estrella, pero se conforman al final con la bruma marina que los baña y hace que el seco y rocoso paisaje se haga habitable, con zorros y pájaros de desierto, que viven de ese parás...