El tiro de la recámara
El mejor argumento en contra de la duda, el mejor acicate para los celos, la mejor coartada del buen amante, el tiro de la recámara. A Remigio le resultó siempre bien ese principio. No era casual que llegaran a la bodega que administraba mujeres vecinas que en vez de ver la teleserie después de almuerzo, se deslizaran a la bodega a comprar aserrín para mantener secos los pisos durante las lluvias frecuentes de mayo. Remigio las hacía pasar y esas clientas apreciaban su fogosidad de hombre maduro, rudo, sin protocolos ni versos. Que entraba directamente a lo que ellas buscaban. El abrazo sudoroso y el sexo de pie, sobre la mesa de la oficina o sobre una frazada rústica. Remigio era un potro que nada tenía que ver con sus maridos, oficinistas, burócratas, que a esa hora sacaban la vuelta después de un almuerzo largo. Convencidos ellos de que sus santas esposas estaban tejiendo a crochet algún paño para la mesa del living, o preparando la cena con que los esperaría al anochecer....