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La sangre es la sangre

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  Nací en un pueblo pequeño, tan pequeño que todos éramos vecinos y parientes. Diez cuadras de largo por seis de ancho, no más. Fui el segundo hijo y primer varón de mi familia. Una de las primeras sensaciones de vida fue la tierna presencia de mi madre, doña Jelen. Aún siento el calor de sus brazos y su verde mirada. Como un brumoso sueño paladeo el agradable sabor dulzón de leche materna fluyendo veloz de su cuerpo a mis tres kilos de vida. Ella me contó que casi al final de su segundo embarazo (el mío) le regalaron mangos “Pico de rosa” sazones, los envolvió en ropa vieja para acelerar su maduración y un fatídico once de abril se los comió todos, yo nací el día siguiente acompañando una diarrea mangal (no pedí más detalles del evento). En 1950 a mis dos años de edad, mi padre nos llevó a Cristóbal Obregón, una colonia ejidal cercana rodeada de cerros (uno con forma de tinaja) Ahí estudié mis dos primeros años de la primaria. En Obregón nacieron mis hermanos Wili y la Meca. Con ...

Bolo Insatisfecho

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  Cuando velatorios y crematorios no existían, la velada se hacía en la casa del difunto: puertas abiertas, sillas alrededor de la sala, mesas y más sillas en el patio y cierre de calles sin pedir permiso a nadie. Mientras llegaba el cajón de madera, el cadáver reposaba en su cama. Si no le podían cerrar los ojos le colocaban lentes oscuros (de los baratitos), total, al muerto no le  molestaría más la luz del sol. Solidarios, los vecinos y familiares contribuían llevando: pan, tamales, bocadillos, botellas con licor, cigarros, ollas con café; bueno, hasta postre. Todo se repartía entre los asistentes. Murió don Lico Bolillo, popular bajista, integrante de la marimba “El Son Sabrosón”. “El Ñeñé”, ingenioso y reconocido bolo, aterrizó tambaleante en el velorio, solitario, se acurrucó bajo un almendro en el patio. Algunos bolos (como él), son extraordinariamente sensibles y solidarios ante el dolor ajeno y más si el occiso es un colega de adicción etílica, y don Lico lo era. Po...

La cartilla de don Perpetuo

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La cartilla del Servicio Militar Obligatorio era (y creo que todavía es) un documento importante. Lo supe la vez que invité al cine Alameda de la Ciudad de México a una muchacha un poco mayor que yo. Después de hacer una larguísima cola para comprar los boletos, le di uno a ella, y yo atrás. El hijo de puta que estaba en la entrada recibiendo los boletos, alzando la voz ante mi invitada y demás gente, me dijo: —¡Cartilla militar! Esta es una película para adultos. Ella, adentro; yo, afuera. Ella, sonriendo divertida; yo, sufriendo, hecho un idiota. Pensé entonces: “Tengo que obtener mi cartilla para poder entrar a los cines a ver películas de adultos y no hacer otro papelón como éste”. En la Preparatoria se podía hacer el SMN (Servicio Militar Nacional); dos veces me inscribí y dos veces deserté al llegar las vacaciones de diciembre para irme a mi pueblo. Cuando regresaba, estaba dado de baja. Ya en la facultad conocí e hice amistad con “don Perpetuo”; él era un compañero gordito, rubi...