Pelirroja rebelde
Con un revuelo especial despuntó el alba ese día viernes 13 de mayo de 1647 en la Hacienda de Longotoma. La servidumbre murmuraba que, en la noche anterior, se había sentido el canto agorero de un tué tué y nadie dudaba que anunciaba mala suerte, que la parca andaba cerca.
Doña Catalina se había desvelado. Muy temprano,
sus sirvientas la bañaron y cepillaron su cabellera roja, recogiéndola en un
señorial moño que afirmaban con agujas de plata. En la cocina se apuró ese día
el desayuno. La leche hervida, con chocolate y cáscaras de naranja, impregnó de
aromas la mañana.
Cuando
le servían el desayuno, Catalina abrió una carta. En ella se destacaba el lacre
rojo con la marca de un anillo. Era el anuncio de visita del fraile Pedro,
portador de un mensaje del Santo Oficio, quien llegaría a mediodía y, por eso, ella
se preparaba para lucir su máxima belleza, para resistir lo que temía, sería
una nueva embestida del clero en su contra.
Ordenó
llenar las botellas de cristal con el mejor mosto de sus viñas. En la cocina se
preocupó que las codornices estuviesen preparadas para agasajar a la visita. Se
miró en un espejo y vio pasar por él las dos décadas de lucha que había tenido
que llevar, para administrar la herencia que su padre, Don Gonzalo, le había
dejado. Recordó las presiones que tuvo que soportar cuando, desde el púlpito de
las parroquias santiaguinas, se comenzó a calumniar su honra. Su pecado, ser mujer
poderosa, de rancia estirpe, que mezclaba raíces germanas con sangre indígena,
agravado por el hecho de ser bella y autosuficiente, una situación que abrumaba
a los poderosos. Sabía que una mujer en la Colonia, no tenía derechos. Lo había
sentido cuando tuvo que aprender la lectura por interés propio, pues leer
libros no correspondía al rol sumiso de mujer. Encomendera, mantenía una gran
población nativa bajo sus órdenes. Ejercía el trabajo de administradora con el
mismo arrojo que desplegaban los encomenderos varones, pero su actitud insolente
había impedído a la Iglesia de Santiago tomar la propiedad de sus tierras. La preferían
enclaustrada en un convento para que su fabuloso patrimonio ingresara a las
arcas clericales.
Ese
viernes 13 de mayo sería un encuentro especial con el fraile Pedro, enviado por
el Santo Oficio.
Doña
Catalina se preparó para dar la bienvenida al invitado. Su pelirroja y altiva
belleza, culminaba en penetrantes ojos verdes que creaban una suerte de
hipnosis en sus interlocutores, sobre todo si eran varones. Un traje negro,
realzando su busto, permitía descubrir unas pecas insinuantes, imposibles de
resistir. Doña Catalina, tenía todo dispuesto y bajo control, el regalo que
ofrecería a la Iglesia sería un gesto convincente a su juicio para lograr una
paz en ese conflicto soterrado que mantenía con la jerarquía, desde el momento
en que su padre, Don Gonzalo, había muerto cuando ella cumplía recién lo
dieciocho años.
El
fraile Pedro era un agustino que había tenido a cargo la construcción de su
Iglesia en el corazón de Santiago. Ella había sido generosa en donaciones, pero
nunca había logrado frenar el encono creciente en su contra. El rumor y la
maledicencia iban generando mitos urbanos y por los adoquines de Santiago se
comentaban leyendas siniestras de la mala mujer que apostataba de los
mandamientos de la Santa Madre Iglesia.
Más
cómodo, después del largo viaje, el cura Pedro se sirvió feliz la sangría que
le ofreció como refresco la dueña de casa. Luego, en la mesa, toda la elegancia
del poder se desplegó en los cubiertos y cristales, los platos iban desfilando
y el vino grueso iba entonando el sabor de la conversación.
Resultaba
de mala educación enturbiar esos placeres con la transmisión del mensaje que
portaba. Pero, los postres y el bajativo, fueron ocasión propicia para entrar
de lleno en el tema.
-
La Iglesia, empezó, siente que su conducta
no es piadosa, Doña Catalina, y que constituye un ejemplo pernicioso para
nuestra comunidad. Se considera que su soberbia se contrapone con los sagrados mandamientos,
que Ud. debiera asumir una vida de reflexión espiritual, integrándose a la vida
en sociedad en la Capitanía General, de acuerdo a su estirpe aristocrática,
dejando la gestión de sus tierras a nuestra congregación.
Doña
Catalina, desplegando una sonrisa indescifrable, llenó la copa del fraile y
mirándolo a los ojos, le preguntó
-
¿Cree usted, que yo podría ser feliz en la ciudad, abandonando la maravilla de
trabajar mis tierras y ser libre en ellas, Don Pedro?
El
cura se movió en el asiento y no pudo responder. Ella le sugirió enseguida una
siesta y el fraile Pedro se dirigió a la habitación dispuesta para reposar el
opíparo almuerzo y pensar cómo seguir esa conversación.
Doña
Catalina se puso entonces a preparar el segundo acto de su estrategia. Preparar
el regalo que debería llevar el Fraile Pedro a su congregación en Santiago,
para demostrar su buena fe, su generosidad con la Iglesia, a condición que no
insistieran en apropiarse de sus bienes, los que defendería a ultranza.
A
la hora de la oración, Doña Catalina pidió al Fraile hacer una homilía en la
capilla de la casa patronal. En su finca ella tenía, como parte de su
encomienda, a un grupo de indígenas músicos y les pidió que, para dar realce a
esa oración que dirigiría el Fraile Pedro, tocaran una melodía en violín. Un
clima de fervor cerró el crepúsculo y luego de un rosario, Doña Catalina y el
Fraile Pedro, quedaron de nuevo en la sala, iluminados de candelabros de plata
que daban mayor solemnidad al momento. Doña Catalina tocó la campanilla y los
sirvientes entraron y dejaron en la sala una estatua de madera, de tamaño casi
real, que representaba a Cristo en la tortura, con su corona de espinas y una
mirada profunda de perdón a sus verdugos. A la luz de las velas la imagen
brillaba con trazos de realismo. Doña Catalina le dice entonces al cura;
-Este
es mi regalo para su Congregación, que sea una forma de sellar una nueva etapa
en que la Iglesia entienda que ser mujer no obsta para que pueda dirigir mis
asuntos terrenales como cualquier hombre, sin que por eso deje de ser devota de
la Iglesia que Ud. representa, Don Pedro.
El
fraile repasó las instrucciones perentorias que le habían dado en la jerarquía
del Santo Oficio, debía emplazar con un ultimátum a Doña Catalina, amenazándola
con la excomunión y las penas del infierno. Sin embargo, se sentía incapaz de
emitir palabra, conmovido y seducido por esa altanera y segura mujer, que hasta
le hacía dudar de sus compromisos de celibato. Se inclinó agradecido ante su
anfitriona, sin poder evitar, de paso, divisar las pecas que prologaban sus
pechos. Agradeció la imagen del Cristo y pidió que se lo subieran al carruaje.
Cruzado
de pensamientos que se resistía a aceptar, se despidió de Doña Catalina, quien
lo acompañó caminando a su lado, hasta el parque florido donde aguardaba el
cochero con los dos caballos listos para la travesía de retorno. Los ojos de
Doña Catalina se habían asomado a su corazón y la duda lo remecía. El
inquisidor que había en él, claudicaba y, frente a eso, se enfrascó en una
angustiosa oración, que apenas podían apagar los cascos de los caballos, al
trote.
Habían
transcurrido dos horas, cuando, de pronto, la tierra tronó, todo se remecía, el
cochero tuvo que evitar que los caballos se desbocaran, el temblor crecía y no
se detenía nunca. Un pájaro tue-tue volvía a cantar y a lo lejos se divisaba
Santiago ardiendo y en ruinas. La Iglesia de su congregación de los Agustinos
totalmente destruida.
Pedro
sintió la culpa, sintió que todo era un castigo a su debilidad, a su duda. A
partir de allí, toda su furia y terror se canalizó a la mirada convincente de
Doña Catalina, empezando, a partir de ese minuto, a denigrar su memoria,
contando desde el púlpito ominoso, de su profunda maldad, de esa perversidad al
expulsar a Cristo de sus tierras, logrando él rescatarlo de las garras
demoníacas de Doña Catalina, una impía que incluso intentara seducirlo, una
mujer desalmada que se negaba a asumir los preceptos de la Santa Madre Iglesia.
El
terremoto de esa noche, había sido una señal divina del enojo del Señor con esa
fiera. La devoción al Cristo de Mayo se haría tradición para espantar esos
demonios. El pecado se tenía que combatir con fuerza purificadora.
El
terremoto, una señal divina. Esa noche, la leyenda de la Quintrala había
comenzado.
Hernán
Narbona Veliz

Excelente. Luego de escucharla en voz de su autor y de leerla con más calma, aquí, la degustación y el placer se duplica. Gracias por compartir.
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